jueves, 10 de mayo de 2012

Entrevista Diario de León


Diario de León.
  

  Cultura - 10 DE MAYO DE 2012
    pOR vERÓNICA vIÑAS

   JOSÉ ROBERTO CARRO ESCRITOR Y POLICÍA
«Un crimen horrendo a menudo no es una gran historia para contar»
A este subinspector de policía y profesor de Ciencias de la Seguridad en la Universidad de Salamanca su trabajo de ‘sabueso’ le llevó a la literatura. En su novela ‘Escombros de la memoria’ mezcla costumbrismo y criminología, en un viaje en busca de las señas de identidad del Páramo Bajo.

El escritor y policía natural de Valcabado José Roberto Carro Fernández.
—Alejandro M. Gallo, Ricardo Magaz y usted son policías y escritores. ¿Por qué hay tanto policía escritor en León?

—Que haya tanto policía creo que es una cuestión de oportunidades, de ver opciones de trabajo y buscar una salida laboral estable. Lo de escritor yo creo que es un añadido, una afición más que surge cuando se tiene el deseo de compartir la inquietud de contar.
—En ‘Escombros de la memoria’ hay un dúo de sabuesos como en ‘El nombre de la rosa’...
—Sí, es lo más parecido a ellos pero en formato rural y del Bajo Páramo Leonés. De paso, es un homenaje a quienes dedican su vida al mundo de la investigación criminal. El tándem Fray Guillermo-Apso, Holmes-Watson, y, en mi caso, Juan Herminio-Demetrio, son ejemplos de ello. Este último, pone sus ‘artes’ al servicio de una comunidad rural donde el devenir de los días plantea una serie de acontecimientos que requieren de una investigación.
—Por su experiencia como criminalista, ¿la realidad supera siempre a la ficción?
—Yo creo que no. La ficción muchas veces se escapa a la razón, pues necesita de ese componente morboso, mágico e irreal que deja en el espectador o lector el poso y el atractivo de la fantasía: el imaginario abierto. Pero no es menos cierto que cada vez más la realidad adquiere unas cotas de ficción que, a priori, podrían poner en duda cualquier razonamiento, lo que requiere de un sobresfuerzo para demostrar que las cosas no acontecen porque sí. El método y la ciencia tienen que desmontar cualquier atisbo de ensoñación.
—El libro es también un homenaje al Páramo leonés...
—Claro, es que junto con el trasfondo criminológico (antropología forense, envenenamientos, emparedados, brujería...— entran en escena los usos y costumbres del Bajo Páramo, que bien pueden ser, con pequeños matices, los usos y costumbres de cualquier otro pueblo de nuestra provincia e incluso de nuestra comunidad. Al fin y al cabo no son tantas las cosas que nos diferencian como las que nos unen.
—Recupera además la creación del monasterio de Valcabado y de los tres emparedados descubiertos en la Ermita de Santo Tirso. Da la sensación de que ésa era la razón del libro, recuperar la historia de su tierra; y el resto, una excusa...
—Bueno, es que tomé de la realidad esos dos buenos ejemplos de historia doméstica, más o menos truculentos, para montar un escenario de ficción. Los conocía por lo que cuenta la gente mayor del pueblo y, antes de que desapareciesen para siempre, era bueno ponerlos negro sobre blanco. Ese fue un punto de partida y, claro que sí, otro breve homenaje a mi pueblo. Luego fui ampliando el escenario y las historias, de modo que capítulo tras capítulo se fuese trabando el argumento del libro. Este puede ser otro modo de hacer memoria histórica.
—¿Seguirá escribiendo?
—Sí. He descubierto que me gusta, disfruto con ello y veo que lo que pretendo contar satisface razonablemente bien a los demás. Uno no busca convertirse en un gran contador de historias ni tampoco en vivir de esto. Sólo pretendo ser coherente con un estilo de vida.
—¿Cuenta mejor un crimen un policía?
—Un policía ya cuenta con la materia prima necesaria: la experiencia y, sobre todo, muchas historias vividas. A mayores tiene todo un vademécum de remedios y herramientas para hilar todo el texto. Luego, desarrollar la trama tiene su intríngulis. Un policía sabe plasmar, en un atestado, cómo aconteció e investigó un homicidio, una trata de blancas o un tráfico de estupefacientes. El tema está en que lo hace en términos de legalidad y para un proceso judicial. Esa misma historia, sin tanto aderezo, menos depurada, dándole el toque de ficción del que hablábamos antes y con puntito canalla, se puede llevar a una novela. El secreto está en saber poner los ingredientes.
—¿En su trabajo ha visto algún crimen digno de una novela?
—Parece que un asesino serial, un crimen horrendo como ninguno, por lo impactante y sobrecogedor que pueda resultar, pudiera ser una gran historia para contar; pero no. A menudo sólo da para un ensayo sobre perfiles criminales o para retratar la crónica negra de un país. Pienso que las pequeñas historias, esas que no salen en los periódicos, sabiéndoles dar el toque necesario, también pueden ser el argumento para un buen libro. Hoy por hoy —y lo vemos en las series americanas—, donde hacen verdadero hincapié es en el método investigativo y en la criminalística. Lo científico está de moda.
—¿Por qué cree que tiene tanto éxito la novela negra?
—Las series de ficción han dejado todo ese poso criminológico y criminalístico que está tan de moda. En realidad, la novela negra siempre ha estado ahí, sólo que ahora está viviendo una época dorada.
—¿Es cierto que todos podemos ser asesinos?
—Si falta la cultura, falta la socialización y por lo tanto cualquier cosa puede pasar. Un asesino está expuesto, en cierto modo, a un relativismo o déficit cultural. Pudo haber ocurrido durante la infancia o durante su desarrollo como persona adulta. Hay ciertas cosas que no ha comprendido del todo, que no ha asimilado o que carece de ellas por múltiples razones. Un estímulo inoportuno puede ser nefasto. Creo que esta respuesta es el análisis más políticamente correcto de la expresión común: «se le ha cruzado el cable». Pero si todos podemos ser asesinos en un momento dado, mi respuesta es que no. Creo  que el asesino nace y se hace, pero habiendo en el origen de todo un déficit cultural. Por eso hay que reivindicar la cultura en el sentido más amplio por la capacidad que tiene de humanizar.
—¿También es lector de novela negra?
—A decir verdad no es de mis géneros más leídos, aunque reconozco que acudo a ella de vez en cuando para alternar otros más habituales. Es una manera de refrescar las habitaciones de lo cotidiano. Ficción o no, también es labor de un policía estar bien informado. Con Escombros de la memoria, he pretendido que no sea una novela netamente policíaca, sino más bien una reflexión abierta, donde las pasiones que mueven a la condición humana, encuentren su contrapartida en la mirada y política criminal desplegada por un cura de pueblo y su ayudante, cuyas personalidades pudieran sorprender por su originalidad y puesta en escena.