viernes, 27 de enero de 2012

La intimidad de lo evidente


Alcázar de Segovia
Hay quienes miran y no ven nada. Hay otros que destilan las esencias de todo aquello que les rodea con tan sólo abrir los ojos. Dicen que se llama sensibilidad. Sí, esa que late y da pulso al devenir diario, lo engrandece, lo sublima con delicada finura. El vate de quien les hablo respira lirismo porque se alimenta de él; lo encuentra en el alba y en el atardecer, en el sonido del viento, en la lluvia, en la bruma  y en el contraluz de una encina. Es capaz de interpretar la sintonía visual que compone una hoja de chopo cuando la estremece el viento; de dar relieve y tacto, sensualidad a la llanura más obstinada, vacía de contenido para los ciegos de espíritu. Tiene algo de mágico esto de articular diálogo poético con la pluma sencilla, hábil, de quien escribe sabiendo que da vida a lo que ve. Mirada amplia hasta el infinito, destreza para percibir el cristalino adiós de una gota trémula que llora su marcha en busca de la naturaleza que pisamos; un camino de ida y vuelta que da sentido a la vida porque nace y muere en la propia naturaleza. Esta sutileza, esta manera de captar la intimidad de lo evidente, es la grandeza que atesora quien les hablo. Talento febril, sincopado con los ritmos de una vida que, aunque convulsa, recupera el aliento cuando su mirada lúcida insufla el aire necesario; candidato idóneo para  recomponer la romanza del tiempo que le ha tocado vivir.

A mi compañero y amigo Baltasar. 

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