jueves, 12 de enero de 2012

Se ha dicho... (el faro astorgano)

EL FARO ASTORGANO (Alfonso del Río) diciembre de 2011, sobre el libro "Escombros de la memoria"







¿Por qué tuviste la idea de escribir este libro?

Escribir algo sobre usos y costumbres del Páramo Leonés, con trasfondo criminológico, era la apuesta siguiente después de mi primer libro de viajes, Íter. De este modo contribuía a dar forma a aquel deseo inicial de buscar nuestros orígenes; ver de modo distinto, más aséptico, la tan traída y llevada “memoria histórica”. Si antes fue en bicicleta, ahora sería trasteando en viejos archivos históricos y en el  saber que atesora la gente del pueblo.

Alfonso IX de León
Si por algo se caracterizan tus libros es por ser reales y vivenciales ¿Son fruto de tu afición al cicloturismo?




En realidad, este segundo libro introduce una trama de ficción. Digamos que, metafóricamente, he colgado la bicicleta; aunque no tanto, al final el espíritu es el mismo.  Apoyarse en hechos históricos que tienen que ver con el acontecer de un pueblo, o con el reinado de Alfonso IX de León, por ejemplo, puede dar pie a pensar que es novela histórica. Pero no; lo cierto es que sólo me sirvo de esos hitos reconocibles para organizar mi propia trama, la que me brinda mi imaginario. La bicicleta te baña de sensaciones en tiempo real; luego, al pasarlas al papel, tienes que conseguir que quien lo lea reciba en su rostro la misma frescura matutina que te anima a enfilar el camino y descubrir qué habrá después del siguiente altozano. En ambos casos, bien sea leyendo un pergamino del siglo X,  bien descansando del viaje a la sombra de un muro de largos años de antigüedad, iré, poco a poco,  descubriendo el viaje perpetuo.




Roberto, sin duda ninguna en tus andanzas en bicicleta tendrás muchas anécdotas curiosas que no has relatado en estos libros? ¿Cuéntanos alguna?

Bueno, hay una anécdota del primer viaje en bicicleta, que creo resume un poco el afán de aventura y esas ansias de libertad absoluta. Corría el mes de marzo del año 2003, era una noche cerrada y hacía un frío que calaba las entrañas. Yo  pedaleaba trastabilladamente por un abandonado camino de sirga, no veía un carajo y los pequeños arbustos se me colaban entre la cadena y los piñones. Di un traspié y acabé con mis huesos en el fondo del Canal de Castilla. Pretendía dormir al raso,  en plena meseta castellana y bajo el manto único de las estrellas. Todo en plan muy aventurero y eso. La soledad del viajero buscada al límite para conocerme mejor, experimentar la soledad de la ruta, sus dificultades……, en fin. Suerte que al final conseguí llegar a un restaurante de carretera en  el pueblo de Villarramiel. Tentar más los límites podría haber sido una imprudencia de nefastas consecuencias.

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