domingo, 15 de enero de 2012

Se ha dicho... sobre el libro de rutas, Íter (La Crónica de León)



Los caminos de la memoria
El leonés Roberto Carro reivindica en su libro 'Íter' la memoria histórica a través de cinco rutas cicloturistas de Castilla y León y pide mayor implicación en el cuidado y señalización de estos caminos.
Juan López       06/01/2010


“El paisaje es memoria”. 19 años después de que el escritor y periodista leonés Julio Llamazares resumiera en esas cuatro palabras su viaje al río del olvido, otro joven procedente de esa provincia, aunque en este caso paramés y no montañés, reinventa esa cita y, a lomos de su bicicleta, reivindica la tan de moda memoria histórica con la publicación de su primer libro ‘Íter’, cuyo título ya supone la primera metáfora del mismo. Roberto Carro Fernández (Valcabado del Páramo, 1971), ha recorrido desde 2003 varias rutas cicloturistas de la Comunidad, cinco de las cuales ha decidido plasmarlas en esta sencilla obra que representa en cada viaje un ejercicio de evocación para no olvidar la procedencia de las personas y conocer el destino.

Cubierta del libro
El Canal de Castilla y sus caminos de sirga, el Valle del Silencio leonés, Babia, la extensa ruta del Duero hasta Oporto y la Vía romana de la Plata son las elegidas para figurar en un pequeño libro de algo más de 80 páginas que busca dejar la impronta “de andar por casa, de una manera sencilla y, sobre todo, evitando rifirrafes políticos”, tal y como el propio autor señala. También ha recorrido Los Ancares y lugares recónditos de Soria, donde ahora reside. Sus retos para el verano de 2010 se centran en el Ebro y los Picos de Europa, entre Cangas (Asturias) y Potes (Cantabria).
Rodar por los caminos viejos de la historia reconforta y mantiene a salvo a las personas. “Es algo así como escuchar las palabras sabias de tu abuelo. Cuando lo haces te sientes seguro, arropado y pleno de satisfacción. Vivimos demasiado deprisa y en el camino encuentras la calma que no tienes el resto de los días. El tiempo se dilata y no apremia y además es una buena terapia para hacer una cura de humildad”, relata.
Carro describe la aventura que supone recorrer los caminos de Castilla y León mediante el uso de metáforas, adjetivos y citas poéticas, la mejor manera de ponerse en la piel de la soledad de la ruta, el viento, el esfuerzo, una puesta de sol, la libertad. Es como querer pintar un cuadro con una paleta monocromo; la textura del viaje y todo lo que le rodea necesita ese toque de color. “Yo soy un advenedizo en esto de darle a la tecla y, analizando mis pinitos, veo que se va forjando un estilo personal”, comenta.
Aunque para viajar durante algunos días por estos caminos de antiguos pobladores es mejor hacerlo acompañado, el primero que realizó, por el Canal de Castilla, le supuso la primera anécdota de su carrera cicloturista. En una noche cerrada de marzo de 2003, cayó a las gélidas aguas de la infraestructura histórica, con todo el andamiaje que supone circular en bicicleta por los caminos de sirga. Sólo una persona que desea volver a los comienzos puede sufrir ese traspié.



Hermanamiento portugués

En su ruta desde Duruelo de la Sierra (Soria) hasta la desembocadura del Duero en Oporto, Carro convivió con la cultura antigua y moderna que supone este eje para la región. Además de recordar en el libro la recepción de los castellanos y leoneses, subraya que fue muy grato el acogimiento brindado por los vecinos lusos. Sobre ello y la importancia de hermanamiento que existe hoy entre Portugal y la Comunidad, Carro reconoce que tenía dudas respecto del recibimiento que podían dar los portugueses, pero agradece su “amabilidad y ejemplo”.
Considera que el Duero juega un papel fundamental porque hermana a los dos países, que no tienen nada que disputar y el río “es el primer ejemplo de unión y generosidad”. “Su agua cierra embalses, produce electricidad y da frescura a los vinos de uno y otro lado. La naturaleza a veces nos sorprende con estos misterios. En nuestra mano está que podamos compartirlos cordialmente”, aboga Roberto en un intento de fomentar el enlace entre dos tierras tan cercanas geográficamente y lejanas en el pensamiento.

Emociones y recuerdos

Como no podía ser de otra forma, los viajes suponen incontables emociones. En los Valles de Babia y Luna era obligado traer al recuerdo la trashumancia que tanto unió la montaña leonesa y la Meseta. “No cabe duda que ello ha supuesto un hito en la historia de nuestro país y eso merece memoria”. Entonces, ¿cómo no nombrar al merinero Primitivo Morán de Barrios de Luna y tantos otros que durante tantos años “dignificaron” con tanto esfuerzo el trabajo comenzado por sus antepasados? También hay un recuerdo en la obra para el paso del abuelo del protagonista por Baños de Montemayor (Cáceres), en la Ruta de la Plata, otro ejemplo que explica que “sólo hay que salir a los caminos y ver que la historia está ahí, esperando ser recordada cuando no descubierta”.
Precisamente en este recuerdo que se aprecia en cada rodadura de la bicicleta se sitúa la imagen de pueblos anegados por embalses, gentes preparando su exilio renunciando a su territorio por la imperiosa obligación que supone la subsistencia de otros paisanos. “Es ley de vida que unos se tengan que sacrificar por los otros para que todos podamos vivir más dignamente. Es un principio universal que requiere de una buena explicación y, sobre todo, de vivir en propias carnes el problema ajeno; de este modo habremos entendido un poco más la necesidad del otro”.

Denuncias

El libro también ha servido para poner en valor dos denuncias al estado de los caminos. En primer lugar, lamenta la falta de “sensibilidad política” en la señalización de algunas vías, aspecto diferenciado en la Ruta de la Plata a su paso por Extremadura, “perfectamente señalizada” si la comparas con su paso por Castilla y León, donde pierde abolengo quizás, por cuestión de dejadez o falta de reivindicación.
Carro argumenta este hecho en la influencia de administrar eficientemente el patrimonio cultural. “El de Castilla y León es enorme y habrá quien diga que primero son las iglesias románicas antes que las tablillas, las losas o los miliarios de la Vía de la Plata. Como todo es importante, lo ideal sería ir haciéndolo todo, poco a poco, pero hacerlo”.
La segunda, la despoblación, una característica negativa que marca el desarrollo de Castilla y León. Según explica, a todo el mundo le gusta pedalear o perderse en un despoblado porque es algo “misterioso, evocador”. Sin embargo, todo ello esconde una razón “trágica” y de nuevo cita la memoria. En este sentido, sostiene que no se puede condenar los orígenes, “hay que hacer un esfuerzo por mantener el caudal de gente y revitalizar los pueblos”.
Aquí, añade, las administraciones juegan un papel importante, “pero no lo es menos el de la gente de a pie, que tiene que luchar y reivindicar en lo que cree. “Que no parezca que es una batalla perdida de antemano. A mí me hace mucha gracia cuando la gente dice que se va a hacer turismo rural cuando eso, traducido al Román Paladino, es ir al pueblo de toda la vida, donde naciste”. Pues eso, volvamos al pueblo.
Roberto Carro esconde algo más detrás de su insaciable gusto por las dos ruedas y los pedales. Aprovechará su carrera profesional, ligada a la criminología –también docencia en varias universidades-, para la elaboración de su próxima obra: una mezcla, que aún no tiene nombre, de usos y costumbres de la comarca leonesa del Páramo con un trasfondo y trama criminológica.

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